
La Selección de Uruguay era el gran candidato hace más de 95 años de todos los seguidores del balompié para adjudicarse el título en el primer Campeonato Mundial, organizado por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), que se iba a inaugurar en su capital, Montevideo, a mediados de julio de 1930.
En aquel tiempo, la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918 frenó la posibilidad de crear un torneo a nivel planetario. En 1920, la llegada a la presidencia de la FIFA del francés Jules Rimet dio un espaldarazo a la creación de una competición intercontinental de naciones.
Diez años después, los anhelos de los hombres del fútbol de aquella época cristalizaron con la primera Copa del Mundo en Montevideo, Uruguay.
El pequeño país sudamericano se había ganado el derecho a organizar aquella primera edición del certamen universal. La razón principal del gran momento de la garra charrúa es que había vuelto a mostrar que era el mejor equipo del planeta, después de ganar la medalla de oro en los torneos de fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 en París, Francia, y 1928 en Ámsterdam, Países Bajos (Holanda).
A este primer Mundial solo acudieron cuatro países europeos –Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumanía– ya que, según esgrimieron otras federaciones, el viaje en barco resultaba demasiado largo (15 días) y costoso. A esos cuatro países se les sumaron otras nueve naciones americanas, para un total de 13 selecciones participantes.
El primer partido, disputado el 13 de julio, enfrentó a México-Francia y fue ganado 4-1 por los galos. Los amantes de las estadísticas ya contaban con un precioso dato: el primer gol de un Mundial lo marcó el francés Lucien Laurent.
Como era previsible, el duelo rioplatense estaba de nuevo servido: los dos países sudamericanos se volvían a ver las caras el miércoles 30 de julio de ese año, después de la final olímpica de 1928 y Argentina clamaba venganza.
Por un lado, Argentina, que se deshizo en las semifinales de un sorprendente Estados Unidos por 6-1, y por el otro el anfitrión, Uruguay, que liquidó a Yugoslavia también por 6-1, luego de que días antes dominó sin contratiempos el grupo 3 frente a Perú –victoria por 1-0– y Rumanía –goleada de 4-0–.

La Albiceleste del artillero Guillermo Stábile ganaba en el descanso por 2-1, pero la Celeste de José Leandro Andrade, Pedro Cea y Héctor Scarone dominó la segunda parte y metió tres goles que sellaron el triunfo final por 4-2.
Así Uruguay fue el primer vencedor de la historia, el primer campeón del mundo, y se confirmó como la nueva potencia mundial, tras derrotar a su vecino del Río de la Plata, en la gran final disputada en el estadio Centenario de Montevideo.
Se ignora quién fue el virtual autor de la famosa frase: “En dos patadas, Uruguay ha entrado en la geografía”, en alusión a los títulos olímpicos de 1924 y 1928. Un mensaje profundo que no admitió dudas entonces. La “tercera patada” vino después en el Mundial de 1930.
El luchador equipo del técnico uruguayo Alberto Horacio Suppici recibió su recompensa y mostró el clásico sistema de juego, establecido con la integración de un guardameta, dos defensores, tres mediocampistas y cinco delanteros; en resumen, un 2-3-5. Y tuvo el soporte de nombres propios como el capitán José Pepo Nasazzi, José Leandro Andrade, Lorenzo Fernández, Pablo Dorado, Álvaro Gestido, Héctor Scarone, Héctor Manco Castro, Pedro Petrone y Pedro Cea.
“Los uruguayos eran los campeones olímpicos, o sea del mundo. Tenían un equipo muy poderoso con Nasazzi en la defensa, Andrade, Fernández y Gestido en la línea media y en el ataque a Scarone, Castro y Cea. Eran fuertes y, además, jugaban en casa, con su público y todo su favor”, reflexionó en octubre del 2005, en la publicación mensual FIFA Magazine, el exfutbolista argentino Francisco Antonio Pancho Varallo, quien era, entonces, el único jugador sobreviviente de la final de aquel primer Mundial de la FIFA, en julio de 1930. Varallo falleció a la edad de 100 años en el 2010.
Desde sus orígenes, el fútbol uruguayo ha sido un fértil productor de estrellas de magnitud mundial. Muchos de los más destacados futbolistas charrúas impartieron cátedra en otros países como Argentina, Italia y España. Y el seleccionado que ganó las medallas doradas de 1924 y 1928, así como el cetro en la cita mundialista en 1930, no fue la excepción.
En resumen, los uruguayos dieron la primera vuelta olímpica en un Mundial de fútbol, el 30 de julio de 1930. Tras los títulos de París 1924, Amsterdam 1928 y luego el de Montevideo 1930, ya nadie en el “planeta-fútbol” podía alimentar la más mínima duda: el de Uruguay era, entonces, el mejor fútbol del mundo.

La rivalidad entre Uruguay y Argentina
El conocido “Clásico del Río de la Plata”, que tiene como protagonistas eternos a las Selecciones nacionales de Uruguay y Argentina, es uno de los duelos que dejaron una marca en la historia del fútbol mundial, pero tal vez la más simbólica es casualmente la del 30 de julio de 1930, cuando se batieron en el estadio Centenario de Montevideo por la gloria en la primera Copa Mundial de la FIFA.
Ha pasado casi un siglo desde entonces, pero en los libros dorados del balompié quedó escrito que, ante cerca de 70.000 espectadores, los charrúas se proclamaron campeones del mundo al imponerse por 4-2 ante la Albiceleste y dieron inicio a una de las rivalidades más fascinantes del deporte, que, sin embargo, solo ha ocurrido dos veces en las citas mundialistas.
El balance histórico, tras dos encuentros disputados en un Mundial, está en tablas, con una victoria uruguaya por 4-2 en 1930 y otra argentina por 1-0 en 1986, y la particularidad de que el ganador del duelo se consagró en el torneo: Uruguay en 1930 y Argentina en 1986.
Lo cierto del caso es que el clásico rioplatense número 103, disputado en el marco de la primera final mundialista de todos los tiempos, quedó en manos de los uruguayos hace más de 95 años, en julio de 1930. Sí, durante los primeros 28 años de historia de este clásico, Argentina y Uruguay se enfrentaron en más de un centenar de ocasiones. Desde comienzos del siglo XX, este duelo se convirtió en uno de los más importantes del mundo.
Como no podía ser de otra manera, la primera final de un campeonato mundial fue protagonizada por las dos potencias sudamericanas de la época, que venían de definir el torneo olímpico de Amsterdam en 1928. Además, hasta ese momento se habían enfrentado en diez Campeonatos Sudamericanos de Fútbol Copas América, con cuatro triunfos uruguayos, dos argentinos y cuatro empates.
El juego del “football” que trajeron los ingleses a comienzos de siglo ingresó a América por el Río de la Plata. Esta es la principal razón por la que Buenos Aires y Montevideo se convirtieron en ciudades tan importantes para el fútbol de esta parte del mundo. Muy rápido la pelota se transformó en el principal divertimento de las clases trabajadoras y enseguida se formaron Selecciones de nivel mundial.
Así lo demostraron en la primera gran competencia planetaria en la que coincidieron: los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928. Ese certamen fue el antecesor de la Copa del Mundo y por eso adquirió una gran relevancia. Allí, los representantes sudamericanos vencieron sin problemas a las potencias europeas. Uruguay superó a Holanda, Alemania e Italia y Argentina hizo lo propio con Bélgica.
Necesitó dos partidos Uruguay para doblegar a Argentina. En la primera final empataron 1-1 ante más de 28.000 espectadores en el estadio Olímpico. La revancha se jugó tres días después en el mismo lugar y con casi la misma asistencia. Allí, la Celeste ganó 2-1 gracias a los tantos de Figueroa y Scarone y se colgó la medalla más valiosa por segunda vez.

El combinado albiceleste llegó a la gran final del Mundial con una mínima ventaja en el historial general. Además, las goleadas más extraordinarias fueron argentinas, al igual que los primeros dos enfrentamientos. La Selección Argentina consiguió un triunfo por 6-0 en 1902, un 4-1 en 1910, un 4-0 en 1913, un 7-2 en 1916 y un 6-1 en 1916, mientras que Uruguay puede presumir de una victoria 6-2 en 1910.
Todo lo sucedido en la gran final disputada en el Estadio Centenario, de Montevideo –los incidentes, la discusión por la pelota y el gran nivel mostrado por ambos conjuntos– sólo sirvió para hacer aún más grande una rivalidad que es mucho más que rioplatense: es Mundial.
Aquella primera final de los Mundiales tuvo todos los ingredientes de un clásico moderno: peleas en la previa, discusiones hasta por quién ponía la pelota y declaraciones explosivas en los días posteriores, según el sitio digital ESPNFC.com, en un artículo publicado el pasado 30 de julio del 2025.
Por ejemplo, el mediocampista argentino Luis Monti, jugador de San Lorenzo, afirmó hace algún tiempo: “Me mandaron anónimos y me dieron serenatas que no me dejaron dormir la noche anterior. El clima era horrible. Recuerdo que al volver para el segundo tiempo había en la cancha 300 milicos –término coloquial y frecuentemente despectivo usado en Argentina, Chile, Uruguay y otras partes de Latinoamérica para referirse a un militar, soldado o miembro de las fuerzas armadas o policía– con bayonetas caladas. Me di cuenta de que si tocaba a alguien se prendía la pólvora. Y les dije a mis compañeros que estaba marcado, que no podía tener la pelota. La bronca era conmigo”.
Por su parte, el puntero derecho de Sportivo Buenos Aires, Carlos Peucelle –extécnico del Deportivo Saprissa, en 1957–, declaró lo siguiente: “Si se hubiese jugado en Argentina, éramos campeones. Hubo muchos factores que incidieron para que perdiéramos la final contra Uruguay. Hubo hasta amenazas de muerte”.
Para Manuel Nolo Ferreira, centro delantero de Estudiantes de La Plata y capitán de la selección albiceleste, la cosa no fue tan así: “Ganaron porque fueron mejores que nosotros. Pegaron patadas pero no más que otras veces. Lo que sí reconozco es que hubo amenazas y que en el entretiempo algunos compañeros insinuaron que no querían salir a la cancha de nuevo. Yo no hice causa común con ellos porque pensaba diferente. Sí es cierto que en el segundo tiempo el equipo bajó mucho su rendimiento”.
Entre tanto, Marino Mario Evaristo, defensor de Boca Juniors, criticó a la dirigencia argentina: “Perdimos el Mundial porque hubo mucha desorganización por parte de los dirigentes. Lo incluyeron a (Francisco) Pancho Varallo, que jugó desgarrado y no pudo rendir por la lesión”.

Detalles de la primera final mundialista
Precisamente, la batalla deportiva mundialista del Río de la Plata, entre los vecinos Uruguay y Argentina, marcó el escenario de la primera final de los Mundiales de fútbol en 1930 e inundó de leyenda y goles el estadio Centenario de Montevideo, Uruguay.
Los aficionados, dirigentes y periodistas de ambos países han construido, desde entonces, dos historias paralelas acerca de lo que fue en realidad aquel histórico partido.
Aquel primer partido mundialista entre estos conjuntos fue, justamente, para definir al primer campeón de la historia de los mundiales, un juego que comenzó a forjar la leyenda de la “garra charrúa” y en el que los goles de Pablo Dorado, José Pedro Cea, Victoriano Santos Iriarte y Héctor Manco Castro tiñeron de celeste la celebración.
Dicha selección contaba en el banquillo con el entrenador charrúa Alberto Suppici y en la escuadra con el contundente delantero Héctor Scarone, conocido como el Gardel del fútbol, quien es uno de los goleadores históricos del clásico del Río de la Plata y fue por más de 70 años el máximo anotador del conjunto uruguayo.
Los argentinos alegaron una presión indebida de parte del público y hablaron de un clima “enrarecido”. Los uruguayos, en cambio, consideraron que aquella final demostró la superioridad de su equipo.
El árbitro fue el belga John Lagenus, quien no fue autorizado a dirigir la final hasta el mediodía, tres horas antes de empezar el partido, después de que una delegación de dirigentes europeos hubiera obtenido garantías de los organizadores sobre su seguridad personal.
Langenus, al mismo tiempo, tuvo que resolver un problema antes de comenzar el duelo. El capitán uruguayo, José Nasazzi, quería que la pelota que se jugara fuera la de su país; lo mismo que el argentino Manuel Nolo Ferreira, insistía en usar la bola traída del otro lado de la frontera.
Al final el juez sorteó para jugar un tiempo con cada una. En el primer tiempo se largó con el balón de Argentina y en el segundo con el uruguayo.
Lo único cierto es que el escenario charrúa se llenó hasta las banderas, con 68.346 seguidores –según otras fuentes, hubo 90.000–, y que Uruguay venció por 4-2, luego de irse a los vestuarios con una desventaja de 1-2.

Los seis goles
Pablo Dorado anotó el primer tanto para los seleccionados locales, a los 12 minutos, en medio de la euforia de los aficionados orientales. Pero los atacantes Carlos Peucelle y Guillermo Stábile, en una posición dudosa, le dieron la vuelta al marcador. Con esta diana, Stábile alcanzó las ocho anotaciones que le concedieron el título de máximo goleador del primer Mundial en 1930.
Todo cambió en la segunda parte, que fue un festival a favor de La Celeste. Alentados por el capitán José Nasazzi, los charrúas sacaron a relucir su garra y una jugada de Pedro Cea fijó el empate a dos tantos. Santos Iriarte los colocó de nuevo en ventaja por 3-2.
Y a escasos segundos de finalizar el juego, Héctor Manco Castro estableció de cabeza el definitivo gol de la victoria por 4-2. “Ellos nos ganaron por ser más guapos y más vivos. No por ser mejores jugadores”, declaró el argentino Francisco Pancho Varallo después de perder la finalísima ante Uruguay.
La locura colectiva no dejó que hubiera descuento y el juez Langenus pitó el final. Los asistentes al estadio Centenario estallaron de alegría en su primera hora gloriosa. Fue a las 4:15 p. m., del miércoles 30 de julio de 1930, cuando el fútbol tuvo a su primer campeón del mundo: Uruguay.
El público argentino acusó a los futbolistas charrúas de brutalidad y juego sucio. Tildó al árbitro belga de parcial por haber permitido excesos de los celestes. Se rompieron, entonces, las relaciones deportivas –y casi también las diplomáticas– entre ambos países, al punto que los dos mejores equipos del planeta no volvieron a cruzarse en un campo de juego hasta 1935.

La celebración eterna de Uruguay
Entre vencedores y vencidos, el entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet, entregó la dorada estatuilla a los monarcas. El victorioso defensor José Nasazzi, un amateur –el profesionalismo solo llegaría a Uruguay dos años después, en 1932–, fue el primer capitán que recibió el premio mundialista.
Años después, en su libro de memorias La maravillosa historia de la Copa del Mundo, Rimet escribió: “Nunca antes había presenciado escenas de pasión y entusiasmo como las que hubo al conquistar la victoria. Cuando se izó la bandera uruguaya, los jugadores del equipo campeón del mundo la contemplaron con lágrimas en los ojos. Y toda la nación parecía estar unida en el orgullo por aquel triunfo”.
Argentina había perdido de una manera inapelable, pero aceptó la derrota en forma deportiva. Aplaudieron a sus eternos rivales y los acompañaron en la vuelta olímpica. Ambos equipos fueron igualmente aclamados por los espectadores al abandonar el imponente estadio de Montevideo.
Después de jugarse la final, sin que su integridad física peligrara en ningún momento, el árbitro belga John Langenus salió del escenario protegido por la policía y se hizo lleva al puerto para embarcar en el buque italiano Duilio de regreso a Europa.
Fue un éxito para Uruguay, que también sacó ganancias económicas, al contabilizar un superávit en los ingresos de 12.719 pesos. El Gobierno de Uruguay dispuso de tres días de fiesta nacional y toda actividad laboral quedó interrumpida. Los orientales celebraron casi sin descanso, durante 72 horas, la consagración de su escuadra porque, después de sus dos victorias olímpicas, no habría podido conmemorar mejor el centenario de la independencia que con el título mundial. Fue su tercera corona en una década.
La garra y la convicción de la mítica celeste perfilaron al primer monarca universal de la historia del fútbol. Y, además, fue un éxito total para el balompié y para la idea de Jules Rimet de que se pusiera en marcha el Mundial cada cuatro años.

Otro duelo mundialista de Argentina y Uruguay
El turno para el desquite de Argentina llegó 56 años después durante el Campeonato Mundial de México 1986, de la mano del astro Diego Armando Maradona y el técnico Carlos Salvador Bilardo, quienes condujeron a la escuadra a la final en el Estadio Azteca de la capital mexicana ante la Alemania de Lothar Matthäus, dirigida por el legendario exjugador y técnico Franz Beckenbauer.
Pero antes de llegar al partido definitivo, la Albiceleste tuvo que enfrentarse en los octavos de final a los charrúas, en el Estadio Cuauhtémoc de Puebla, donde un único gol de Pedro Pablo Pasculli en el minuto 42 decretó la victoria mínima por 1-0, para Argentina que dilapidó múltiples opciones de anotar en un encuentro en el que fue clara dominadora.
Dicho torneo en territorio azteca, en el que tras enfrentar a Uruguay en Puebla, Argentina tuvo que dejar en el camino a Inglaterra y Bélgica, terminó grabado en la historia no solo como el segundo Mundial ganado por Argentina después del Mundial como local en 1978, sino como el escenario en el que Diego Maradona convirtió dos de sus tantos más emblemáticos: “la mano de Dios” y “el gol del siglo XX”.
El balance del clásico rioplatense en partidos oficiales –se dice que la cifra total es superior– se ubica de manera parcial en 90 victorias para Argentina, por 59 de Uruguay y 46 empates, entre ellos dos juegos mundialistas, además de los disputados por la Copa América, las eliminatorias a la Copa del Mundo, los Juegos Olímpicos y los amistosos de preparación.
De estos escenarios, donde más se ha visto el duelo es en la Copa América, donde se enfrentaron en 32 partidos, que se saldaron con 15 triunfos para la Albiceleste, contra 13 de la Celeste y cuatro empates, mientras que en las eliminatorias suramericanas disputaron un total de 16 encuentros, de los que los argentinos se impusieron en nueve, los uruguayos en tres y otros cuatro terminaron en tablas.
¿Argentina y Uruguay podrían enfrentarse en la próxima Copa Mundial del 2026? Dicha cita universal de la FIFA, que tendrá lugar dentro de cuatro semanas en Estados Unidos, México y Canadá, a partir del próximo jueves 11 de junio, podría ser el siguiente escenario del duelo del “Clásico del Río de la Plata”, tan pronto como en los dieciseisavos de final, según cada selección culmine la fase de grupos.
Argentina integra el grupo J, junto a Argelia, Austria y Jordania, mientras que Uruguay está ubicado en el bloque H, con España, Cabo Verde y Arabia Saudita.
El primero de cada uno de esos grupos se enfrentará al segundo del otro, por lo que la posibilidad del tercer “Clásico del Río de la Plata” en un Campeonato Mundial de la FIFA, tras el 4-2 para la Celeste en 1930 y el 1-0 para la Albiceleste en 1986, está latente para la segunda fase o más adelante en el certamen, aunque siempre hay sorpresas en la máxima cita del fútbol mundial.
Galería de fotos: Aventura en el mar, rumbo al Mundial de 1930








El partido del recuerdo
Uruguay: 4
Argentina: 2
Fecha: Miércoles 30 de julio de 1930.
Motivo: Final del primer Campeonato Mundial de Fútbol en 1930.
Estadio: Centenario, de Montevideo, Uruguay.
Goles: Pablo Dorado, a los 12’; Pedro Cea, a los 57’; Victoriano Santos Iriarte, a los 68’; y Héctor Manco Castro, a los 89’, para Uruguay. Carlos Peucelle, a los 20’; y Guillermo Stábile, a los 37’, para Argentina.
Alineaciones:
Selección de Uruguay: Enrique Ballesteros; José Pepo Nasazzi –capitán– y Ernesto Mascheroni; José Leandro Andrade, Lorenzo Fernández y Álvaro Gestido; Pablo Dorado, Héctor Scarone, Héctor Manco Castro, Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte. Director técnico: Alberto Horacio Supicci –uruguayo–.
Selección de Argentina: Juan Botasso; José Della Torre y Fernando Paternóster; Juan Evaristo, Luis Felipe Monti y Pedro Suárez; Carlos Peucelle, Francisco Pancho Varallo, Guillermo Stábile, Manuel Nolo Ferreira –capitán– y Marino Mario Evaristo. Director técnico: Francisco Carlos Olázar –argentino–.
Árbitros: John Langenus (Bélgica), central, asistido en las líneas por Ulises Saucedo (Bolivia) y Henry Christophe (Bélgica).
Asistencia: 68.346 espectadores.





Sede principal del Mundial 1930: Estadio Centenario, Montevideo Uruguay

Surgido de la visión de los arquitectos uruguayos Juan Antonio Scasso y José H. Donato, el legendario Estadio Centenario, en Montevideo, Uruguay, fue hace más de 95 años el escenario principal del primer Campeonato Mundial de Fútbol, competencia en la que 80.000 uruguayos siguieron el camino de la consagración de la Selección Celeste en la cita universal.
El nombre del recinto se origina para conmemorar el primer siglo de la independencia de Uruguay y la primera Constitución del país sudamericano. Por lo tanto, representa todo un emblema de Uruguay y un “Monumento Histórico del Fútbol Mundial”, uno de los más importantes en el desarrollo deportivo de Sudamérica y del balompié internacional.
Increíblemente, se construyó en solo seis meses, entre el 18 de enero y el 11 de julio de 1930, para lo cual los obreros inmigrantes trabajaron las 24 horas del día, en tres turnos. Por las noches, inmensos faroles alumbraron los armazones, el doblado de hierros y las máquinas de cemento. Costó $1.665.000, una cifra descomunal para la época.
En un comienzo, en el Centenario se realizarían todos los partidos de la Copa Mundial de 1930. Sin embargo, las fuertes lluvias que azotaron Montevideo tiempo antes impidieron concluir a tiempo la construcción del estadio, por lo que varios de los encuentros de la primera fase debieron realizarse en el Parque Central, perteneciente al Club Nacional de Football, y el ya desaparecido Estadio Pocitos, del Club Atlético Peñarol.
Hace más de 95 años, la sede abrió por final sus puertas en pleno Mundial el 18 de julio de 1930, con la apertura oficial ante 70.000 espectadores, el desfile inaugural con 13 países invitados y el primer partido en dicho escenario, que finalizó 1-0 a favor de Uruguay sobre Perú, gracias al tanto del atacante Héctor Manco Castro, que fue el primer grito de gol en la historia del estadio montevideano.
Desde entonces, la Selección de Fútbol de Uruguay juega en el Estadio Centenario sus partidos como local. Cualquier club uruguayo que solicite disputar sus partidos en este escenario lo puede hacer alquilándolo. Por ejemplo, el Club Atlético Peñarol lo utilizó como escenario de la mayoría de sus partidos en casa, hasta el 28 de marzo del 2016, día en el cual inauguró su estadio Campeón del Siglo.
Por su parte, el Club Nacional de Football decidió finalmente jugar ahí sus partidos por la Copa Libertadores de América, además de clásicos y algunas otras ocasiones por el campeonato uruguayo. Adicionalmente, muchos equipos de la Primera División optaron por usar el estadio como sede para sus partidos frente al Nacional y al Peñarol, o encuentros por competiciones internacionales de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol).

Entre los acontecimientos deportivos celebrados en esta histórica sede se encuentran cuatro ediciones del Campeonato Sudamericano de Fútbol –hoy Copa América–, en 1942, 1956 y 1967; la Copa de Oro de Campeones Mundiales, también conocida como Copa de Oro de la FIFA 1980 y popularmente como Mundialito, disputada en 1980; y la Copa América, en 1995. Todos estos certámenes fueron ganados por Uruguay, por lo que es el único país que se consagró campeón del torneo en este estadio.
En síntesis, el Centenario es el escenario futbolístico del continente americano con más partidos disputados en la historia de la Copa Libertadores de América. Además, allí se celebraron 21 ediciones de la final de dicha copa, en 1960, 1961, 1962, 1964, 1965, 1966, 1967, 1968, 1969, 1970, 1971, 1973, 1977, 1980, 1981, 1982, 1983, 1987, 1988, 2011 y 2021
Allí se celebraron cinco finales de la Copa Intercontinental, incluido el primer encuentro de la edición de 1960, entre el campeón de Europa, el Real Madrid, y el monarca de Sudamérica, el Peñarol, que finalizó 0-0 y registró la mayor asistencia de público, con 71.872 espectadores. Asimismo, el mismo Peñarol logró la primera intercontinental para Sudamérica en 1961, tras vencer 2-1 al Benfica de Portugal.
Se jugó también la tercera final de la Copa Intercontinental de 1967 entre el Racing Club y el Celtic FC escocés, que fue ganada 1-0 por el equipo argentino, con una presencia de 70.152 aficionados. Y el Centenario fue la sede de una cuarta final de la Intercontinental de 1971, que el Nacional de Montevideo ganó 2-1 al Panathinaikos FC de Grecia.
También albergó cuatro finales de la ya desaparecida Copa Interamericana, disputadas en 1969, 1972, 1981 y 1989. Asimismo, dos finales de la Copa Conmebol, en 1993 y 1994; una final de la Supercopa Sudamericana, en 1990; otra de la final de la Recopa Sudamericana, en 1989; y la final de la Copa Sudamericana, en 2021. Igual hubo otros torneos menores regionales, , como lo fueron tres Sudamericanos Sub-20, en 1979, 2003 y 2015; y un Sudamericano Sub-17, en 1999.
Como detalle adicional, la Selección de Costa Rica se presentó en cuatro oportunidades al Estadio Centenario para disputar encuentros oficiales y amistosos, con un balance favorable a los sudamericanos con dos triunfos y dos empates, 11 goles a favor y nueve en contra. Los dos primeros duelos fueron fogueos de carácter internacional, que finalizaron con victorias a favor de los charrúas por 2-1 en 1992 y 5-4 en 1999.
Mientras tanto, la Tricolor registró un empate 1-1 frente a Uruguay en el repechaje continental eliminatorio en el 2009, rumbo al Mundial de Sudáfrica 2010. Y la última presentación de la Sele en el Centenario se produjo hace más de 11 años, en noviembre del 2014, con motivo de la amistosa Copa Antel, que resultó intensa y una fiesta de goles, con la igualdad de 3-3 en los 90 minutos y el triunfo tico por 6-7 en los lanzamientos de penal.




Adicionalmente, el Centenario recibió numerosos y multitudinarios conciertos por parte de artistas y agrupaciones internacionales, entre los que figuran –en su orden de presentación– Julio Iglesias, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Rod Stewart, Mick Taylor, Eric Clapton, Sting, Paul Simon, Roxette, Ricardo Montaner, Fito Páez, Ricky Martin, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, Luis Miguel, Maná, Enrique Iglesias, Alejandro Sanz, Chayanne, Joaquín Sabina, Ricardo Arjona, Guns N’ Roses, Silvio Rodríguez, Paul McCartney, Marc Anthony, Chayanne, Aerosmith, The Rolling Stones, Phil Collins, Roger Waters, Maroon 5, Lenny Kravit y Shakira.
Su mayor capacidad fue de 74.860 espectadores, después de varias ampliaciones en sus estructuras. Con la ampliación de la tribuna principal, la capacidad habría sido de 90.000 personas, pero esto no ocurrió, y la tribuna oficial se encuentra más pequeña que las demás. Con el cierre de los taludes por motivos de seguridad, se redujo la capacidad, alcanzando el número actual de 60.235 localidades.
Con césped natural, el Centenario se sitúa en el barrio de Parque Batlle, en la capital uruguaya. Es administrado por la Comisión Administradora del Field Oficial (CAFO), compuesta por tres miembros de la Asociación Uruguaya de Fútbol y dos de la Intendencia de Montevideo, su propietario.
El estadio con mayor capacidad de Uruguay y uno de los 15 más grandes de América fue declarado por la FIFA, el 18 de julio de 1983, como “Monumento Histórico del Fútbol Mundial”, siendo la única construcción de esta índole en todo el mundo. Además, el Centenario es la sede charrúa con la mejor luz artificial, con una iluminación de 1.500 luxes, tras una reforma realizada en el 2021.
Dentro de sus instalaciones, hay una fortificación independiente de concreto, la Torre de los Homenajes, de una altura de 100 metros, diseñado con simbolismos nacionales por el arquitecto local Juan Scasso –posee franjas de la bandera de Uruguay, cinco blancas y cuatro azules– e insertado al sur del escenario, en medio de la tribuna Olímpica, que fue declarada Patrimonio Histórico de Montevideo. Su base, casualmente, imita a las alas de un avión y a la proa de un barco, en referencia a la llegada de los inmigrantes al país sudamericano.
También se encuentra el Museo del fútbol uruguayo, también conocido como Museo del Fútbol, en el que se destacan una gran colección de objetos recordatorios de los logros deportivos de la Selección celeste y del balompié charrúa, sudamericano y mundial. Se ubica debajo de la tribuna Olímpica del estadio Centenario, se inauguró el 15 de diciembre de 1975 y registró una remodelación en el 2004, cuando se le agregó un ascensor panorámico a la Torre de los Homenajes.
Como detalle histórico, el 21 de julio de 1929 fue colocada la piedra fundacional del Estadio Centenario, la cual se encuentra debajo de la torre y también puede ser visitada por los aficionados al fútbol. También se encuentra una escuela funcionando debajo de la tribuna Olímpica.






El primer balón oficial del Mundial de 1930
La calidad de los balones utilizados en los Mundiales de Fútbol se superó con el paso del tiempo, gracias a la utilización de tecnologías para mejorar distintos aspectos como velocidad, impermeabilidad, precisión y diseño.
Pero, para el primer Mundial en 1930, en Uruguay, se utilizó una pelota de cuero que, en su interior, existía una vejiga. Era pesado, marrón y autor de golpes dolorosos. Cuando se mojaba, pesaba tanto que el pie no soportaba los castigos cuando se pateaba. Esa bola se le llamó “Modelo “T” Federale 102 y también se empleó en el Mundial de 1934, en Italia.


José Nasazzi, el mejor jugador de Uruguay en el Mundial de 1930
El legendario defensor central, José Pepe Nasazzi Yarza, brilló a lo grande como el primer capitán de la inolvidable Selección de Uruguay que levanto el trofeo de campeón en la inaugural Copa Mundial de la FIFA en 1930, cuando recibió la medalla de oro de la FIFA y se ganó el merecido reconocimiento al mejor futbolista del certamen.
Este mismo rol con el gafete de capitán ya lo había cumplido con creces en las conquistas de las medallas doradas en los torneos de fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 en París, Francia, y 1928 en Ámsterdam, Países Bajos, cuando el balompié olímpico era considerado el torneo más importante del mundo.
Del mismo modo, Nasazzi destacó como líder en el Campeonato Sudamericano de Fútbol, conocida hoy como la Copa América, certamen continental que ganó en cuatro oportunidades, en 1923, 1924, 1926 y 1935. Obtuvo la gran mayoría de estos títulos internacionales siendo jugador del Club Atlético Bella Vista.
El Gran Mariscal, nacido el 24 de mayo de 1901 en Montevideo, Uruguay, fue el alma de aquel equipo campeón del mundo, el corazón del combinado local que ganó los cuatro partidos y dio la vuelta olímpica en el estadio Centenario, de Montevideo, Uruguay. Desde entonces es considerado uno de los mejores defensas hispanoamericanos de todos los tiempos y el mejor del fútbol uruguayo.
Nasazzi personificó como nadie al futbolista oriental. La historia de un hombre común, cuya calidad defensiva, porte y autoridad innatas lo convertirían en una leyenda futbolística de los charrúas. A ese estilo que llevó a Uruguay a la gloria universal en tres oportunidades. Su garra y su coraje son dos de las principales virtudes de este combinado celeste que era cada día más grande.
Pepe se caracterizó por ser un defensor fuerte, veloz, de gran recuperación, excelente ubicación, perfecto en el juego de alto y de bajo. No era un zaguero técnico. Se destacaba por su gran personalidad, por su liderazgo e innata condición de mando, por su coraje, por el gran ascendiente sobre sus compañeros. Fue “patrón”, caudillo y conductor en el campo de juego.
Los apodos de Nasazzi que figuran en el libro La Ráfaga Olímpica (2012), de Gerardo Basorelli, son varios. El Pepe de la infancia se convirtió en El terrible en su juventud, y escalaría luego al título de El Gran Mariscal. En su vejez se convierte en Don José, en línea con su imagen de prócer inigualable. También se le conoció como El Gran Capitán, El Patón y Posesito.
Con ascendencia italiana, hijo de Giuseppe Nasazzi, oriundo del pueblo de Esino Lario, en Lombardía, y María Jacinta Yarza, uruguaya hija de vascos, Pepe creció en Arroyo Seco, el conocido “barrio de campeones“. El Club Atlético Bella Vista fue su hogar, donde se asentó. Una carrera sempiterna que no tendría un techo claro. Sin embargo, el equipo auriblanco no fue su primer equipo.
A nivel de clubes, José había sido jugador entre 1918 y 1920 al vestir la camiseta del equipo Centro Atlético Lito, al que logró conducir al ascenso con 19 años de edad y con el que tenía suscrito un viejo contrato que lo ataba al club litense, que no tenía intenciones de dejarlo ir. Esto lo obligó a recurrir a una liga barrial para mantener su entrenamiento y estado físico.
Su calidad en el campo de juego era codiciada por equipos poderosos. Fundado en 1920, el equipo de su barrio, el Club Atlético Bella Vista, Nasazzi no dudó en pedir su pase. Ante la negativa del Club Lito, debió quedarse un año sin poder jugar en los Campeonatos de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), teniendo que militar en el pequeño equipo Roland Moor por todo el año 1921, sin imaginar lo que le esperaba apenas tres años después en la Celeste olímpica.


El Bella Vista, el club de sus amores
Por fin, al siguiente año, José Nasazzi se vinculó con el Club Atlético Bella Vista, el equipo de sus amores, el de su barrio, y demoró poco tiempo en convertirse en el gran capitán del equipo, en el cual permaneció por más tiempo, primero entre 1922 y 1925, y luego de 1926 a 1932.
En Bella Vista logró como capitán el ascenso a la Primera División en el Campeonato de Intermedia en 1922, al alcanzar grandes campañas en la máxima categoría, destacándose el subcampeonato nacional de 1924 y el certamen de la serie B del Torneo “Laudo Serrato” en 1926.
Además realizó la denominada segunda gira internacional más extensa de un club uruguayo. Nasazzi, junto al Bella Vista, partió en 1930 para recorrer todo el continente americano, volviendo a su país un año más tarde en 1931.
Hoy es recordado como el emblema de esta conocida institución papal. Su rostro se encuentra inmortalizado en el gran mural del Estadio de Bella Vista, junto al de José Leandro Andrade, otra pieza clave de los históricos sucesos al conquistar el oro en los Juegos Olímpicos de París en 1924, cuando tenía 24 años.
También lo homenajeó al bautizar en su memoria dicho escenario deportivo con el nombre de “José Nasazzi”, ubicado en el barrio Prado, de Montevideo, que también lo utiliza el Club Atlético Villa Teresa y por diferentes equipos en el fútbol amateur y profesional.
Conocido con los nombres de Parque Olivos, Parque Bella Vista y Parque José Nasazzi, el estadio tiene una capacidad de 5.002 espectadores sentados, pero puede ascender a 10.000 aficionados parados. A la vez, con el tiempo, su barrio le rindió honores adjudicando su nombre en cuatro calles del país sudamericano.
En la recta final de su carrera deportiva, el Club Nacional de Football, de Montevideo, lo contrató en 1931 y ese año debutó oficialmente. Por su pase recibió 800 pesos uruguayos de la época, los cuales donó enteramente al Bella Vista. Sin él saberlo, dicha donación serviría para construir un gran bloque de su enorme legado. Con ese dinero se levantaría la primera tribuna del actual Estadio “José Nasazzi”.
En el Nacional obtuvo dos Campeonatos Uruguayos de 1933 y 1934, el Torneo Competencia en 1934 y el Torneo de Honor en 1935. Además, siendo jugador de Bella Vista, participó de la gira europea realizada por Nacional años antes, en 1925, que es considerada la más exitosa de la historia del fútbol charrúa. Oficialmente, José Nasazzi se retiró de la práctica activa del deporte en 1937.

Leyenda indiscutible de la Selección celeste
Ídolo de Bella Vista y del Nacional, El Gran Mariscal jugó en la Selección uruguaya entre 1923 y 1936, en 40 partidos internacionales, sin anotaciones. Es el futbolista más laureado de la historia de Uruguay. Además fue el primero de una dinastía de defensores centrales que llega hasta nuestros días. Sin él, la Celeste no sería la Celeste.
Debutó con el seleccionado uruguayo el 4 de noviembre de 1923, cuando alcanzó en casa el primer lugar y la medalla de oro en el Campeonato Sudamericano, hoy Copa América. También campeonizó en las ediciones de Uruguay 1924, Chile 1926 y Perú 1935, mientras que logró el tercer lugar y el bronce en Argentina 1929. Estos logros consolidaron su estatus como el símbolo de una época dorada del balompié charrúa, que dominó el mundo en los años 20 y principios de los 30.
Generaba lo mismo en sus compañeros de los Juegos Olímpicos del 1924, en París, Francia, para quienes era un capitán indiscutido, al que ni siquiera tuteaban. Una anécdota del debut de la selección charrúa en París retrata la autoridad que imponía.
Según contó su compañero Pedro Cea a la revista 100 años de fútbol, justo antes de empezar el partido dos sucesos causaron distracción en los jugadores celestes. La organización izó el pabellón nacional invertido, con el sol del lado de abajo, y en lugar de sonar el himno nacional, sonaba lo que Cea describe como una “marchita brasilera”.
Aquella vez, los jugadores quedaron descolocados, hasta que llegó la orden del Gran Mariscal: que se quedaran quietos, o los europeos iban a tildarlos de “indios”, e iban a pensar que no eran capaces de respetar su propio himno. Concluye Cea: “Nos cuadramos y escuchamos la musiquita brasileña hasta el fin”.
Hasta los Juegos Olímpicos de París en 1924, trabajó como pedrero y marmolero, una actividad que forjó su carácter. Sin embargo, antes de viajar a Europa por primera vez, prometió que jamás volvería a ese viejo oficio y que sólo se dedicaría al fútbol. Tras regresar con la primera medalla de oro olímpica cumplió su promesa. Cuatro años más tarde repitió con el oro olímpico en las justas de Ámsterdam 1928.
En 1930, como capitán y defensa central, lideró a Uruguay en el primer Mundial de la historia, disputado en Montevideo. En la final contra Argentina en el Estadio Centenario, con más de 68.000 espectadores, Nasazzi y su defensa resistieron el embate argentino para ganar por 4-2 y convertirse en los primeros campeones del mundo, al lado de sus compañeros de batalla: José Leandro Andrade, La Maravilla Negra; Héctor Scarone, El Mago; y Pedro Cea, El Goleador.
Hoy, Nasazzi es el símbolo del éxito futbolístico en Uruguay. “La Selección es la patria misma”, afirmó Pepe Nasazzi. Ese sentimiento se pudo ver en cada uno de sus encuentros. En el Campeonato del Mundo, Nasazzi disputó los cuatro encuentros programados y fue el sostén de su equipo en la gran final ante Argentina. No convirtió goles, pero su aporte fue más allá de eso.
Otra anécdota describe lo que significaba para sus compañeros. Después del título olímpico en Amsterdam 1928, Roberto Figueroa, el extremo izquierdo de la Celeste, estaba decidido a pedirle casamiento a su novia: la hermana de José Nasazzi. Tras declararle sus intenciones a la afortunada, Figueroa dijo: “Bien, ahora tengo que pedirle permiso a José, que es el capitán de todos nosotros”.
Después de que su trayectoria como jugador finalizó en 1937 con la camiseta del Club Nacional de Football de Montevideo, se hizo cargo de la Selección celeste como su director técnico en 53 partidos internacionales, entre los años de 1942 y 1945.
Entre sus distinciones individuales figuran el de Mejor jugador del Campeonato Sudamericano –Copa América– en 1923 y 1935, el 27º Mejor Jugador Sudamericano del Siglo XX, según dispuso la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS, por sus siglas en inglés) y se le incluyó también en el 2011 como miembro de la Selección Histórica de la Copa América.
En resumen, José Pepe Nasazzi Yarza –fallecido a los 67 años el 17 de junio de 1968 en Montevideo– fue el símbolo eterno del fútbol uruguayo y sudamericano. El caudillo indiscutible fue clave para que Uruguay conquistara el oro olímpico, en las justas del Comité Olímpico Internacional (COI) en París 1924 y Ámsterdam 1928, así como el título mundial de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) en la edición de Uruguay 1930.
El zaguero eterno de los charrúas fue un jugador de gran temperamento y bravura sin igual. Todos intentos de reconocer un respeto que inspiraba de manera natural. Su porte, que puede verse en imágenes de la época, transmite una seguridad que ayuda a entender el peso que tenía su figura en la consideración de sus pares. Es la historia líder natural y ejemplo para todos sus compañeros y las siguientes generaciones de futbolistas uruguayos de Selección.

Leyendas del Mundial de Uruguay 1930

José Leandro Andrade: El gambeteador asombroso de Uruguay 1930
Gambeteador endiablado, el zaguero, volante y ala derecha uruguayo José Leandro Andrade fue la primera “perla negra” del futbol mundial y el único jugador de color consagrado con la medalla de oro en las Olimpiadas de 1924 y 1928, y el título en el primer Mundial de futbol de 1930 en Uruguay.
Nacido en 22 de noviembre de 1901 en Salto, Uruguay, fue el cerebro de los equipos charrúas campeones olímpicos y, de paso, se convirtió en el primer jugador negro en la historia del fútbol olímpico. Como mundialista en 1930, con 29 años, estuvo lejos de su mejor forma, más bien lo suficiente para ayudar a la Celeste a conquistar el título mundial de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).
Bautizado La Maravilla Negra y La Perla por el público en la Olimpiada de París 1924, era alto y delgado –1,79 metros, de estatura–, elegante y técnico, con la virtud de jugar en cualquier posición del campo. Tenía la facilidad de transformarse con velocidad de un aplicado defensor en un atacante ejemplar.
Precisamente, participó en todos los encuentros olímpicos de Colombes, París, en 1924, y conquistó al público con su físico y dominio del balón. Se mudó de Salto al barrio de Palermo en Montevideo, tocaba el tamboril y era un gran bailarín de tango.
Impactó también por su flexibilidad felina, habilidad y sentido de juego. Necesitó poco tiempo para ser tan popular como Josephine Baker, la cantante negra que cautivaba a toda Francia en aquella época.
La presencia y talento del jugador se hizo sentir en su primer club deportivo, el Club Atlético Bella Vista –tres veces–, y luego para Nacional, Peñarol, Misiones y Reformers, en Uruguay; Atlanta, Argentinos Juniors y Talleres de Remedios de Escalada, en Argentina; y finalmente el Wanderer’s de su país, retirándose definitivamente de la práctica deportiva.
Cuando jugó con el Nacional de Montevideo, entre 1924 y 1930, fue una figura descollante de la gira europea de 1925 y la gira por Norteamérica de 1927, además de que obtuvo el Campeonato Uruguayo de 1924. Después del Mundial de 1930 pasó al Peñarol de Montevideo donde jugó hasta 1935, obteniendo el primer certamen uruguayo del profesionalismo en 1932 y también el título de 1935.
Con la Selección Celeste fue 33 veces internacional y marcó un gol con la Selección celeste, a partir de su debut oficial el 24 de junio de 1923. Una brillante trayectoria entre 1924 y 1937, que lo hizo ganar tres títulos de selecciones en el Campeonato Sudamericano de Fútbol –hoy Copa América–, en 1923, 1924 y 1926, y lo ubicó en la galería de los grandes mediocampistas de todos los tiempos. Incluso fue elegido el mejor jugador del Sudamericano de 1926.
Su ceguera le empezó por el fútbol. En el partido semifinal olímpico de 1928 en Ámsterdam, Países Bajos, que Uruguay le ganó 3-2 a Italia, el 7 de junio de 1928, chocó contra un poste de la portería azzurra y eso fue el principio del fin. Le generó problemas en la vista, que se fueron agravando.
Este accidente futbolístico no le impidió ser campeón en casa con Uruguay en la Copa Mundial de 1930, ni tener seis buenos años en el Peñarol de Montevideo, hacia donde fue tras la coronación en el estadio Centenario de Montevideo.
Después no se volvió a saber de él. Lamentablemente, sucumbió a la fama y cayó en la vida bohemia. Hubiera llegado a ser millonario, pero en aquella época esto no era posible para un futbolista. Fue olvidado y se entregó a la bebida.
José Leandro fue un entusiasta del carnaval y tocaba violín y tamboril en la vida nocturna montevideana. Llegó incluso a bailar el tango con la famosa cantante Joséphine Baker en su estadía en París.
Andrade murió en la miseria y ciego en un asilo para pobres, Piñeyro del Campo, en Montevideo, el 5 de octubre de 1957, cuando tenía 55 años de edad. Su sobrino, Víctor Rodríguez Andrade fue campeón mundial con Uruguay en 1950.


Alexis Thépot (Francia)
El arquero del Red Star de París, Alexis Thépot, fue uno de los mejores de su época. Contra Argentina fue el responsable de resistir el asedio constante contra su portería. El público local en Uruguay lo alzó en hombros. Ante México atajó el primer penal en la era mundialista.
Ivan Ivica Bek (Yugoslavia)
Su país mostró el mejor futbol de los cuatro países europeos en el Mundial de 1930 en Montevideo, Uruguay. El delantero croata, Ivan Ivica Bek, desplegó su juego alegre y muy técnico. El mismo despliegue juego que había deslumbrado al público francés como jugador profesional.



ILUSTRACIÓN: X –antes Twitter– de “Soccer Date” (México), de Eduardo Mendoza.
Nómina de Uruguay, campeón mundial de 1930

- Porteros (2): Enrique Ballesteros, de Rampla Junior; y Miguel Capuccini, de Peñarol.
- Defensores (6): José Leandro Andrade, de Nacional; Juan Peregrino Anselmo, de Peñarol; Ernesto Mascheroni, de Olimpia M.; José Pepo Nasazzi, de Bella Vista; Emilio Recoba, de Nacional; y Domingo Tejera, de Wanderer’s.
- Mediocampistas (6): Pedro Cea, de Nacional; Lorenzo Fernández, de Peñarol; Álvaro Gestido, de Peñarol; Miguel Ángel Melogno, de Bella Vista; Consuelo Piriz, de Nacional; y Carlos Riolfo, de Peñarol.
- Delanteros (8): Juan Carlos Calvo, de Misiones FC; Héctor Manco Castro, de Nacional; Pablo Dorado, de Bella Vista; Victorino Santos Iriarte, de Racing M.; Pedro Petrone, de Nacional; Zoilo Saldombide, de Nacional; Héctor Scarone, de Nacional; y Santos Urdinarán, de Nacional.
- Director técnico: Alberto Horacio Supicci (uruguayo).

El árbitro de la final del Mundial de 1930: John Langenus
El belga, John Langenus, tuvo para sí el privilegio de dirigir la primera final de una Copa del Mundo, la de 1930, en Montevideo, Uruguay, con el juego decisivo que los charrúas derrotaron 4-2 a Argentina.
Nacido en Amberes, Bélgica, el 8 de diciembre de 1891, arbitró dos años antes, en Amsterdam, Holanda, el juego de desempate de la final del fútbol en los Juegos Olímpicos de 1928, también entre uruguayos y argentinos, y el choque por la medalla de bronce entre Italia y Egipto.
Langenus, con sus inconfundibles pantalones bombachos de ciclista, su gorra de lana y su simpático corbatín, fue árbitro internacional en 81 encuentros, entre el 21 de setiembre de 1924 y el 4 de junio de 1939. Dirigió siete partidos en Mundiales; a saber, cuatro partidos en 1930, uno en 1934 y dos en 1938.
También fungió como periodista deportivo de la revista alemana Kicker. John Langenus falleció a los 60 años en la ciudad belga de Berchem-Sainte-Agathe, en Bruselas, el 1° de octubre de 1952.

Galería: La primera gran final de los Mundiales, en Uruguay 1930















Síntesis del Mundial de Uruguay 1930
- Campeón mundial: Uruguay.
- Países miembros de la FIFA: 46 (incluida Costa Rica, que se afilió en 1927).
- Países en la eliminatoria: Ninguno; torneo por invitación.
- Sede: Montevideo, Uruguay.
- Países participantes: 13.
- Partidos jugados: 18.
- Jugadores participantes: 189.
- Goles anotados: 70 (promedio: 3,89 por partido).
- Máximo goleador: Guillermo Stábile (Argentina), con 8 tantos.
- Primer gol: Lucien Laurent (Francia), a los 19 minutos del duelo por el grupo 3 ante México (ganó 4-1), el 13 de julio de 1930, en el estadio Pocitos, del club Peñarol, en Montevideo, Uruguay.
- Gol más rápido: 50 segundos, del rumano Adalbert Desu ante Perú (3-1), por el grupo 3, el 14 de julio de 1930, en Montevideo.
- Penales: Cuatro (uno anotado y tres errados).
- Mejor ataque: Argentina (18 goles en 5 juegos; promedio: 3,6 por juego). Bélgica y Bolivia no anotaron goles.
- Mejor defensa: Uruguay (3 goles en 4 juegos; promedio: 0,75 por juego).
- Total de espectadores: 590.549 (promedio: 32.808 por partido).
- Equipo ideal del Mundial 1930 (formación 1-2-3-5): Enrique Ballesteros (Uruguay), portero; José Nasazzi (Uruguay) y Milutin Ivkovic (Yugoslavia), defensores; José Leandro Andrade (Uruguay), Luis Monti (Argentina) y Juan Evaristo (Argentina), mediocampistas; Héctor Scarone (Uruguay), Manuel Nolo Ferreira (Argentina), Guillermo Stábile (Argentina), Pedro Cea (Uruguay) y Victorino Santos Iriarte (Uruguay), delanteros.
- Posiciones finales: 1-Uruguay. 2-Argentina. 3-Estados Unidos. 4-Yugoslavia. 5-Chile. 6-Brasil. 7-Francia. 8-Rumanía. 9-Paraguay. 10-Perú. 11-Bélgica. 12-Bolivia. 13-México.
















FUENTES CONSULTADAS: Libro “El Inicio”, tomo 1 de la serie coleccionable “Los Mundiales de Fútbol” (2010), del diario “La Nación”; el “Diario de Costa Rica”, los sitios web de la cadena estadounidense “ESPN” (Estados Unidos) y https://www2.um.edu.uy/, el archivo del Sistema Nacional de Bibliotecas (Sinabi), la agencia EFE, la Agence France-Presse (AFP) y Wikipedia. Videos de YouTube: FIFA TV, “Memorias del Fútbol“, “Maquetas de Estadios” y serie mundialista de Marcelo Tosoni. Ilustraciones: X –antes Twitter– de “Soccer Date” (México), de Eduardo Mendoza, y “Modo Mundo Mundial” (Bogotá, Colombia). Fotografías e imágenes: Revista deportiva “El Gráfico” (Argentina), Federación Internacional de Historia y Estadísticas del Fútbol, la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), Twitter del Mundial de Fútbol y la Confederación Sudamericana de Fúbol (Conmebol), Sistema Nacional de Bibliotecas (Sinabi), la agencia EFE y el archivo de Rodrigo Calvo. Arte principal: Mario Calvo Castro. Infografía: Randall Corella Vargas.

























